Lugar común, lugar extraño: Notas sobre la fotografía de Leandro Feal

Michel Mendoza

Lo que presta a esas fotografías de Leandro Feal su belleza no proviene jamás del pretendido glamour de la memoria heroica revolucionaria, ni mucho menos de la cercanía con su reverso simétrico, que es, como se sabe, esa suerte de pasión fría y ceremonial por la arquitectura de la Habana en ruinas.

No en vano los ensayos visuales de este artista suelen situarse en oscuros cuartos de alquiler, en interiores de bares, en fiestas de los suburbios, en espacios en que la anodina y flotante identidad moviliza todas las formas de aceptaciones furtivas; espacios en el que la fotografía puede constituir un modo de actuar sobre el cuerpo propio o ajeno, y devenir una especie de elegía erótica, nunca una épica.[1] No en vano su territorio como fotógrafo son también las pequeñas fiestas donde se exhiben los cuerpos desnudos de los artistas y disidentes, el pequeño y colorido universo punk de los amigos que continúan en Cuba, mientras son fotografiados (usando ángulos muy anchos) entre la felicidad y el desparpajo.

Creo que son estas fotos parte de las nuevas iconografías del nomadismo y la extraterritorialidad, sobre todo porque en esa exploración de las interacciones sociales –sea en Berlín, Barcelona, La Habana, Madrid–, la obra de Leandro Feal Bonachea induce una lectura –un poco a semejanza de lo que ocurre en filmes como ¿Y allá qué hora es? (2001) de Tsai Ming Liang, y Esperando la felicidad (2002) de Abderrahamane Sissako- que acentúa la sutil omnipresencia de los desplazamientos, el reemplazo continuo de unos límites identitarios y culturales donde la violencia y el goce de la cotidiano constituyen el sismógrafo de los nuevos archivos geopolíticos.

Porque lo que cuenta en verdad para el conjunto de estas fotos de Leandro Feal son esos instantes éticos de la soledad o el goce, esos momentos en que descubrimos como el placer relumbra en el rostro de une passante, o creemos hallar en ciertos retratos de grupo –más allá de la discusión en torno a la viabilidad del hedonismo como forma de insubordinación civil– una formulación absolutamente contemporánea del taedium vitae.

Bastaría echar una mirada a las imágenes de esos seres y objetos flotantes en el territorio apenas conocido que es la llamada contemporaneidad, para comprender que estas fotografías lo son también del "espectro de la historia"; pertenecen  un tiempo en que, tanto como los grandes, importan los pequeños desplaamientos cotidianos, los cruces de línea, las manifestaciones minimalistas, casi imperceptibles, de la geopolítica. Un tiempo donde vivir, si atendemos al Georges Perec de Espèces d'espaces, sigue siendo "pasar de un espacio a otro intentando golpearse lo menos posible".




[1] En este sentido, el parentesco de los trabajos de Leandro Feal con cierta zona de la obra de José A. Figueroa (Me refiero al Figueroa de piezas como Rafael Savín y Diana Fernández, 1965; y Navarro y Diana en la piscina del Riviera, 1966), suele ser, en verdad, notable.