Las dos Cubas de Leandro Feal

Juan Guerrero Linares

Leandro Feal estudió lo que sería el Bachillerato de artes en La Habana, su ciudad natal. Comenzó interesándose por la pintura, las performance y otras disciplinas, sin hacerle especial caso a la fotografía. Hasta  que un día, tras una exposición en la que él participaba con una instalación, el chico responsable de la documentación gráfica (Zenit con un 58mm y película rusa en blanco y negro, seguro...) perdió el rollo con sus 36 exposiciones. Así que su efímera creación se perdió para siempre, no quedando de ella documentación alguna. Este es el momento en el que Leandro nos dice que verdaderamente la fotografía irrumpe en su vida. Para cubrir la necesidad de documentar sus obras artísticas y para no delegar en terceros una tarea de tal responsabilidad, se hizo con una cámara y empezó a usarla. Así, poco a poco, el propio medio fotográfico va mostrándole  su verdadera naturaleza. Leandro empieza a fijarse más en las fotografías en cuanto a fotografías que en la función de las mismas tendrán en el mundo y, finalmente, las otras actividades artísticas  van perdiendo protagonismo a favor de la fotografía.

Es interesante ponerse en el lugar de un veinteañero cubano deseoso de aprender y nutrirse de vanguardias artísticas. Lo primero que me llamó la atención cuando conocí la situación cubana es el poco acceso a la cultura. Con su educación superior gratuita, sus excelentes profesores, sus bailarines, músicos y su portentosa escuela de cine, Cuba es un lugar donde no es fácil estar al tanto de lo último en tendencias. Los chavales fotografían libros que se pasan entre ellos. No disponen de Internet de libre acceso pero, a base de pendrives, el tráfico artístico-cultural es intenso. Eso por no hablar de materiales de trabajo. La única película que se puede conseguir son restos de stock chino caducado. Allí la máxima es hacer lo mejor que puedes con los materiales de los que dispones, y en base a eso, el fotógrafo cubano va experimentando y tomando las decisiones que conformarán el estilo de su obra.

Leandro comenzó a fotografiar en blanco y negro, como casi todo el mundo. Consciente de la necesidad de distanciarse de la fotografía clásica de la isla, un día llegó del extranjero el libro que le influiría decisivamente en esa toma de decisiones fotográficas: Terry´s World. Más allá de los aspectos técnicos que definen al amigo Terry y más allá de cómo vive, lo que llama la atención para un fotógrafo joven que lo acaba de descubrir es cómo su vida transcurre a la vez que su obra se crea. Esto no le ocurre solo a él, pero Terry Richardson fué el primero de esta clase de fotógrafos que cayó en sus manos. Haciendo un gran esfuerzo económico (renunció a unos zapatos nuevos sin agujeros en la suela) adquirió una FM2 vieja con un 19mm reventado que había pasado por casi todos los fotógrafos de La Habana, y un Mecablitz. Si la tradición era fotografiar en blanco y negro con angular y condiciones de luz disponible, él fotografiaría con flash, en color y con un ángulo todavía más ancho que los demás. Así empezó su proyecto sobre la juventud más moderna y occidentalizada de la ciudad: ¨Tratando de vivir con swing¨.

A este proyecto le siguió uno muy similar que a mi parecer trata el mismo tema pero con un valor añadido: El fotógrafo aquí es el que desencadena los acontecimientos, desplazándose así del clásico punto de vista en el que el fotógrafo trata de no perturbar las situaciones que de manera natural se han creado a su alrededor. Junto a su amigo y compañero Claudio Fuentes, realizan una serie a dos cámaras titulada ¨Con jamón, lechuga y pitipuá) en la que animan a la gente de su entorno a desprenderse de sus ropas y continuar con la fiesta, una fiesta en la que siempre saltan flashes constantemente.

En Cuba no todo son mulatonas, puros y ron, también hay Punk Rock y drogas de diseño. Las primeras fotos de esa Cuba que Leandro realizó son fotos de su ambiente, sus amigos y los amigos de sus amigos. Juventud con ganas de pasárselo bien, madurez con ganas de juventud, bolos punk en viviendas destartaladas en los que se invita a Fidel a perderse del mapa, libertad, muchas ganas de libertad. Juventud de fiesta en un escenario post-revolución (a veces parece más bien post-apocalipsis), gente que se desnuda en lo que parece ser un clamor por esa libertad que inútilmente se les niega. Las fotografías lo cuentan mejor que las palabras, así que vamos a lo que más me interesa contar; qué ocurre con ese fotógrafo una vez que deja la isla.

Recién empezados sus estudios superiores surgió la oportunidad de emigrar a Europa, aunque terminó en España (se quedó cerca). Leandro deja el autoritarismo de Fidel y se viene a un lugar donde lloramos por un trabajo basura que no nos deja tiempo libre para desarrollarnos. Termina en España gastándose la mitad del sueldo en una vivienda y la otra mitad en comida y ropa. Como un día me dijo, deja de ser el sirviente de la revolución para ser el sirviente del dinero. Esto supone un fuerte impacto para él (nosotros ya lo tenemos asumido). Trabaja un montón, ahorra y se compra un completo equipo digital a la última. Pero a pesar de disponer por fin del tan deseado equipo, su fotografía no fluye. Su mente y su visión siguen enfocadas en Cuba y el trabajo que quedó atrás.

Después de unos años en España, vuelve a Cuba por motivos personales no fotográficos. Es importante tener en cuenta que cuando un cubano vuelve a Cuba ya no es como cubano sino con un visado de turista por unos pocos meses, pues la revolución entiende que si no la quieres a ella, no quieres a tu país. En este contexto, Leandro vuelve a encontrarse con Cuba. Pero él ya no mira de la misma manera y las imágenes que realiza son bien diferentes. Cobra mayor importancia el entorno, el paisaje habanero se dibuja como si fuera un decorado de Hollywood abandonado, es una ciudad abandonada por el dinero y violada por una revolución que lejos de traer prosperidad al pueblo, lo ha sumido en la continua falta y necesidad.

Las imágenes que recoge el emigrante retornado son mucho más desoladoras y carentes de jolgorio. Cuba se deshace en la visión. Ya nadie se divierte. El decorado se derrumba poco a poco. Las personas se ven desubicadas y parecen ser ajenas a ello en su continua búsqueda de posicionamiento en el mundo. Es un lugar donde el turista no quiere acabar. No hay puros, ni mulatonas, ni ron, ni swing, ni fiesta... Una decadencia tibia nos rodea en estas fotografías. Es el desarraigo forzado por las necesidades que impone la vida. Sentimos que no hay lugar para nosotros. Miramos escondidos detrás de una ventana desde la nada. Lo inherente a la fotografía ha vuelto a aparecer para recordarnos a los fotógrafos que únicamente somos agentes de muerte que nos dejamos caer en el más profundo de los pozos.

Parece que Cuba no es sólo el Malecón con sus chicas y chicos. No veo la continua fiesta que tanto han fotografiado otros antes. Si alguna vez he soñado con una isla llena de música, atestada de personajes simpáticos y guapas nativas ardientes, sonó la alarma y terminó el sueño. En La Habana de Leandro veo un cadáver bonito y podrido. Una fotografía póstuma, como toda fotografía.