300 fotos en una pared. Sobre la fotografía de Leandro Feal

Michel Mendoza 

Lejos de esa recurrente tentación nacional que es la tradición de la epopeya visual, del recurso implícito a la Historia con mayúscula, y del frígido pictorialismo de gabinete, tanto como de la ya abusiva explotación temática de la insularidad o de sus símbolos, a Leandro Feal Bonachea le ha bastado un puñado de exposiciones para colocarse entre los fotógrafos más destacables de su generación.[1]

Fotógrafo del cuerpo y sus políticas, siempre moviéndose a través de calles, bares, discotecas o cuartos de alquiler, la mirada de Feal parece documentar, más incisivamente que la de cualquier otro artista cubano actual, el tránsito de ciertos sujetos de un ámbito a otro, la coexistencia íntima entre mundos comprometidos y diversos.

Porque lo que su cámara captura es la participación en una comunidad mediante la imagen. Una comunidad algo ucrónica, o por venir, trasnacional y poscomunista, cuya sola representación va a contracorriente de esa incesante generalización de íconos que puede ser, después de todo, la más explícitamente política de todas las actividades públicas orientadas al control de lo sensible. Y es este engagement del artista y sus modelos, esa intimidad duradera o momentánea, lo que aporta un carácter furtivo e irresistible a esas fotos tomadas no importa dónde; imágenes que no tienen otra fidelidad que la participación en la soledad o el placer de los fotografiados, ni otra justificación que el éxtasis del registro.
Hasta ahora el ejemplo más significativo de ello es la exposición fotográfica Donde nadie es exclusivo. Pensada como un irreductible relato visual donde el espectador se encontrará saltando de la Habana a Barcelona, o de Gansk a Madrid, como a través de mapas superpuestos y agujereados, en esta muestra la propia disposición de 340 fotos postulaba el espacio de la galería como un imponente (y especular) dispositivo sinóptico. Un dispositivo desplegado en torno al metarrelato de la interconectividad, y que podría ser leído como una especie de ensayo autobiográfico sobre el papel del azar y los afectos en la promiscua escena geopolítica contemporánea. 

Recordando exposiciones como esta, no sabría decir si ese pathos de la globalización que encontramos por todas partes se convertirá, finalmente, en la más importante de nuestras pasiones democráticas; tampoco si, a causa de su frívola reiteración temática en los medios artísticos, la mera alusión a este fenómeno podría pasar en nuestros salons por una especie de perverso anacronismo. Pero el conocimiento de obras como la de Feal -sea en la belleza veloz y abrasadora de ciertos interiores eróticos, sea en el rigor formal de los retratos, o en la atención ocasional a cierta arquitectura-[2] contribuiría a disipar, momentáneamente, cualquiera de estos temores.

Algunos se apresuraran a colocar la obra de Leandro Feal entre las líneas de esa forma de cinismo que parece constituir aún hoy, entre muchos artistas contemporáneos, la así llamada novedad. Pero, de estar atentos a la potencia de expresión de esa comunidad a la que las imágenes de Leandro Feal constantemente nos remiten, comprenderemos que su obra no podría ser jamás considerada una ilustración de lo que Byung Chul Han ha llamado la sociedad de la transparencia.[3] Esto, justamente, porque lo que en estas intervenciones[4] se juega desafía abiertamente la afirmación de un colapso estético de lo “verdaderamente político”.

Bástenos observar esos ínfimos desfiles que las fotos de Feal registran, para advertir que solo a condición de estar poseídos por el más chato sentido de lo que es “lo político”, es posible considerar que las manifestaciones colectivas son menos importantes en el bar que en la plaza. De ahí que en el sentido de su realización performativa, estas intervenciones fotográficas constituyan, a su modo, pequeños ensayos de intoxicación y de construcción de sí mismos, formas de participación en un mundo de goce, no de extenuación psicopolítica. Sin embargo, la hiperactividad que anima este sorprendente universo visual parece contener, siempre al fondo, un aviso de derrumbe.




[1] Baste citar el material exhibido en la muestra "Un ojo en la niebla" (2008) en la Casa de las Américas,   -en la cual Feal trabajó junto a otros artistas como Ezequiel Suárez y Claudio Fuentes-, "We are porno"(2008), Espacio Aglutinador, Ciudad de la Habana, en “Politics: I do not like it, but it likes me” (2013), Laznia Centre for Contemporary Art, Gdansk, y, sobre todo, en “Donde nadie es exclusivo”, muestra personal del trabajo de este artista exhibida entre  septiembre y octubre del 2013 en el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales.

[2] Como en esos paisajes suburbanos de Gdansk, o en esas fotos enrarecidas de los edificios de la Habana que eligió atrapar en un material fotográfico “vencido” y que conforman la serie “Almost blue” (2011). Si contemplamos detenidamente algunas de esas imágenes, pareciera, por ejemplo, que la Habana fuera ya parte de la geografía imaginaria de Polonia, una pieza más del desvencijado museo político de la guerra fría, una ruinosa ciudad tan definitivamente extemporánea como una reconstrucción arqueológica basada en un afiche de Aeroflot de la época soviética.

[3] Byung-Chul Han: La sociedad de la transparencia. Barcelona, Herder, 2013.

[4] La intervención fotográfica. Eso intentaba hacer Leandro Feal desde sus tiempos en la Cátedra de Arte Conducta al introducirse intempestivamente en las fotos de otros, casi siempre turistas extranjeros. Luego les pedía que le enviaran una copia por correo. Era entonces otro de sus modos de hacer fotografía, y, según comentaba tímidamente, su único modo de viajar.