Donde nadie es exclusivo

Amilkar Feria Flores

Hace unas semanas me pareció urgente escribir sobre un perfecto desconocido para mi, Leandro Feal, que exhibía en la planta baja del Centro de Desarrollo de las Artes Visuales. Demasiados asuntos pendientes atentaron contra esa iniciativa. Un día lo conocí personalmente en el Taller de Grabado del ISA, y el tema cobró nuevos aires, pero los viejos asuntos seguían halando en sentido contrario. Después de esa ocasión he perdido la cuenta de la cantidad de veces en que nos hemos encontrado, al punto de ser testigo presencial del subrepticio proceso “cinegético” con el que obtiene sus imágenes.

No hay nada aparatoso en sus recursos tecnológicos, simplemente una cámara (que tampoco valdría despreciar) lo suficientemente manuable como para ser empleada en las más disímiles circunstancias sociales, virtualmente riesgosas si esas circunstancias escaparan de control. Pero todo parece indicar que este paparazzi de la cotidianeidad, amparado por sabrá dios qué, se encuentra en plena facultad para el ejercicio de su profesión desacralizadora.

En una realidad “donde nadie es exclusivo”, aunque algunos asuman posturas que el artista sabe descomponer hasta su lado más básico y ordinario, no existen castas de ninguna laya. Aquí está la mirada de quien conoce como “desarmar los juguetes”, al punto de desentrañar las esencias comunes a cualquier mecanismo o fachada operacional. Un día (noche), por fermentación, todos salimos a la calle (un party) a soltar lo que hemos reprimido por espacio de una semana. Ahí bebemos hasta el cansancio y desplegamos nuestras reservadas costumbres, poco cívicas o “diurnas”, por llamarlas de un modo astronómicamente correcto.

Para eso está el flash, que descubre asuntos y ángulos de sorprendente y espontánea manifestación conductual, trátese de la más oscura noche, o del “interior” más recóndito bajo el sol. Por supuesto que con solo obturar no hay mucho que hacer, sino hasta que el artista se sienta frente a su ordenador, o en el cuarto de revelado, y decanta o ensalza aquellos particulares que posan a todo el mundo al nivel del suelo. Hay gente que estaba de pasada, desconectando, aliviando las tensiones de otros espacios más rígidos, pero los hay que viven sistemáticamente en el “sendero de la sombra”, siendo ellos mismos, o al menos sin tantas restricciones.

Deberíamos tomar en cuenta que el artista también toma, y no solo imágenes, sino alcohol, lo cual lo convierte en copartícipe de sus escenarios de operaciones, al tiempo que lo referencia. En buena lid, delante y detrás de cada imagen está el fotógrafo, así como su estupor, a la mañana siguiente, cuando descubra que la “captura” de la jornada anterior estaba premiada de “raros especímenes” de las profundidades.

Estoy convencido de que no tendré suficiente tiempo para escribir sobre la exposición de Leandro. En su lugar preferiría hacerlo sobre como llega a los resultados que pude ver en planta baja del Centro de Desarrollo de las Artes Visuales. Es en ese singular trance, nada exclusivo, vivencial, común, aparentemente intrascendente, pasados por el prisma selectivo de este escrutador social, donde todos alcanzamos la categoría de exclusividad.